ZÄNA
by Dra. Jackie
ES EN
Club ZÄNA
Gratuito
Artículo

Una vida rápida para llevar

Una vida rápida para llevar

Cuando la necesidad de obtener resultados inmediatos también alcanza nuestra salud

Artículo original de la Dra. Jackie

Médico anestesiólogo · Creadora del método ZÄNA

Reflexión y opinión personal · Club ZÄNA

Buscamos caminos más cortos para llegar, sin pensar que aquello que intentamos saltarnos puede ser justo lo que necesitamos aprender para sostener nuestro destino.

Quizá por eso, a menudo, mientras navego por redes sociales, observo que muchos de los mensajes que nos rodean parecen decirnos exactamente lo mismo: "puedes llegar antes". Y reconozco que la idea es seductora, muy seductora. ¿Quién no quisiera ahorrarse años de espera, incertidumbre, errores y esfuerzo si existiera una manera de llegar al mismo lugar en una fracción del tiempo? Lo veo en todas partes: en las relaciones, en el dinero, en la creación de negocios, en la espiritualidad, en la construcción del cuerpo y, por supuesto, en la salud. Pareciera que hemos encontrado la manera de acelerar prácticamente cualquier proceso de nuestra vida y, además, hacerlo se ha convertido en una especie de virtud. Sin embargo, creo que la pregunta que deberíamos plantearnos no es únicamente ¿cómo hago para llegar antes?, sino tal vez una un poco más incómoda: ¿llegar más rápido me garantiza que estoy preparad@ para sostener aquello que tanto deseo alcanzar?

Al hacer una pausa, me pregunto si todo aquello que obtenemos de forma inmediata realmente tiene la energía de sostenerse en el tiempo, ya que cualquier transformación importante no consiste únicamente en llegar a un resultado. Consiste, sobre todo, en aprender a ser vasija y habitarnos con consciencia y coherencia desde esa nueva versión que tanto anhelamos.

Y al pensar en todas esas promesas de una vida exprés para llevar, no puedo evitar preguntarme: ¿qué está ocurriendo con el mundo de la salud? Hoy veo promesas de equilibrio metabólico, "retos" creados por colegas médicos o profesionales de la salud que garantizan, en una semana, pérdidas extraordinarias de peso y aseguran transformar el cuerpo en tiempo récord, así como medicamentos que, aunque pueden ser herramientas extraordinariamente valiosas cuando están correctamente administradas, algunas veces terminan utilizándose como si pudieran sustituir todo el proceso que existe detrás de construir salud. Todo esto me representa una gran contradicción.

Como médicos, creo que estamos fallando enormemente. Si hay alguien que debería enseñar, con coherencia y paciencia, que la salud se construye a través de procesos, hábitos y decisiones repetidas en el tiempo, deberíamos ser nosotros. Nuestro trabajo no debería consistir únicamente en intervenir cuando la salud se convierte en una "urgencia", ni mucho menos en alimentar la necesidad de obtener resultados inmediatos, sino también en enseñar a nuestros pacientes a comprender su cuerpo, a reconocer que habitarlo implica asumir la responsabilidad de cuidarlo y honrarlo, a hacerse mejores preguntas y a desarrollar las herramientas necesarias para sostener su salud incluso cuando nosotros no estamos ahí.

Después de todo, jamás haríamos un diagnóstico serio basándonos en tres datos aislados obtenidos en cinco minutos. Sabemos que comprender un cuerpo exige años de estudio, contexto, historia clínica, exploración, escucha, estudios cuando son necesarios y, sobre todo, tiempo y respeto por la persona que nos está consultando. Entonces , ¿por qué les "vendemos" a nuestros pacientes exactamente lo contrario cuando hablamos de salud? A veces terminamos prometiendo cambios profundos disfrazados de "retos de salud" o "retos de ayuno", como si el cuerpo pudiera transformarse de manera "definitiva" en unos cuantos días. ¿En qué momento comenzamos a normalizar que algo tan complejo como nuestra salud podría venderse también en una versión rápida para llevar?

Quizá porque el problema ya no es únicamente la salud. Creo que, de alguna manera, nos hemos acostumbrado a vivir desde la inmediatez. Nuestro entorno recompensa constantemente el estímulo inmediato: una notificación, un me gusta, un mensaje, una compra, una respuesta.

Poco a poco, vamos entrenando a nuestro sistema nervioso a permanecer en un estado de anticipación y respuesta constante. No significa que el sistema nervioso simpático esté activo de manera permanente, pero sí que vivir continuamente entre estímulos, interrupciones y recompensas rápidas puede dificultar nuestra capacidad para transitar con naturalidad entre la activación y la recuperación. Cuando esta dinámica se vuelve sostenida, puede favorecer una mayor carga de estrés fisiológico y alterar algunos de los procesos neuroendocrinos y metabólicos encargados de mantener el equilibrio.

Al mismo tiempo, aprendemos a anticipar recompensas cada vez más rápidas y vamos perdiendo tolerancia a la espera. Nos cuesta permanecer cuando todavía no vemos resultados, sostener la incertidumbre y continuar haciendo algo cuando la recompensa no aparece de inmediato.

Y casi sin darnos cuenta, comenzamos a confundir la velocidad con el progreso, el progreso con el bienestar y la inmediatez con el éxito.

Nos cuesta sostener el silencio, la espera y los procesos largos. Nos cuesta mantenernos estoicos cuando todavía no vemos el resultado de aquello que estamos construyendo y, en consecuencia, vivimos cada vez más expuestos a estímulos que buscan generar recompensas inmediatas y con menos práctica para habitar la calma. Buscamos seguridad en aquello que nos acelera, cuando quizá una parte importante de la verdadera seguridad solo puede encontrarse en aquello que nos permite detenernos y simplemente ser, simplemente sentir, permanecer sin necesitar que algo ocurra inmediatamente.

La necesidad de rapidez termina infiltrándose silenciosamente en todos los aspectos de nuestra vida y, mientras escribo estas líneas, viene a mi mente una idea de la Kabbalah que siempre me ha acompañado:

“El Satán se encuentra en el tiempo.”

Durante mucho tiempo pensé que esa frase hablaba del tiempo como un obstáculo; sin embargo, hoy la comprendo de una forma distinta. Creo que el tiempo no es necesariamente el lugar donde perdemos nuestras batallas, sino el espacio donde aparece la tentación de abandonarlas y, al mismo tiempo, la posibilidad de quedarnos y demostrar realmente quiénes somos.

Porque precisamente la incertidumbre llega cuando el resultado todavía no es visible y, claro, ese sentimiento viene acompañado de otros más: la impaciencia, la frustración y el deseo de tomar atajos. Pero creo que es también ahí donde aparece la oportunidad de formar carácter, construir hábitos y desarrollar maestría. Es ahí donde aprendemos a sostenernos cuando todavía no vemos el fruto de aquello que estamos construyendo, cuando nadie nos garantiza que funcionará y cuando continuar depende mucho menos de la motivación y mucho más de la persona en la que hemos decidido convertirnos.

Quizá por eso esta reflexión termina llevándome, inevitablemente, de regreso a la salud, porque considero que el cuerpo no vive separado de nuestra manera de habitar el tiempo. La forma en la que buscamos resultados, toleramos la espera, respondemos a la frustración o renunciamos a los procesos termina reflejándose en nuestras decisiones cotidianas, en nuestros hábitos y, eventualmente, también en nuestra biología. Después de todo, la salud no está construida únicamente por grandes decisiones; está construida, en buena medida, por pequeñas elecciones repetidas durante suficiente tiempo.

Quizá una de las grandes enfermedades de nuestra época no sea únicamente la obesidad, la diabetes o la inflamación. Quizá también sea nuestra incapacidad para sostener el tiempo que toda transformación exige. Y, claro, como médico sería poco honesto de mi parte decir que el cuerpo no puede responder rápidamente. Claro que puede: nuestro organismo tiene una capacidad extraordinaria de adaptación y, cuando hacemos cambios adecuados, es posible observar modificaciones fisiológicas y metabólicas desde los primeros días. Podemos modificar glucosa, insulina, glucógeno, balance hídrico, señales de hambre y saciedad y muchos otros procesos en periodos relativamente cortos. La fisiología responde. Pero una respuesta fisiológica inicial no es sinónimo de salud, y mucho menos significa que aquello que ocurrió rápidamente podrá mantenerse de la misma manera durante los siguientes cinco, diez o veinte años.

La verdadera salud no se construye en una semana. Se construye cuando esos cambios dejan de ser un reto temporal y comienzan a formar parte de nuestra manera de vivir; cuando los hábitos dejan de sentirse como algo que tenemos que hacer y comienzan, poco a poco, a formar parte de nuestra identidad. Realmente creo que no se trata de perder peso, mejorar un laboratorio o completar un programa de algunos días. Se trata de convertirnos en la persona capaz de sostener esos resultados durante años, incluso cuando ya no existe la emoción de comenzar algo nuevo, cuando nadie nos está observando y cuando la recompensa inmediata ha desaparecido.

Eso exige tiempo, paciencia, mucha reflexión, autoconocimiento y la capacidad de atravesar la incertidumbre sin abandonar el proceso. Quizá por eso me genera tanto contraste esta urgencia por vender una salud inmediata y, al mismo tiempo, me entristece ver cuántas personas caemos en esa lógica de la rapidez. Digo caemos porque yo también he estado ahí. También he querido resultados inmediatos, también he sentido impaciencia y también he querido saltarme algunas partes de mi propio camino. Pero he comprendido, con el regalo del tiempo, que cuando intentamos acortar todos los procesos corremos el riesgo de renunciar precisamente a lo valioso: la experiencia que nos enseña a sostener el cambio y el gran milagro que representa desarrollar la maestría necesaria para sostenerlo.

Percibo que esa es la diferencia entre transformar un cuerpo y transformar una vida. Un cuerpo puede comenzar a cambiar en cuestión de días; nuestra extraordinaria fisiología puede responder incluso antes de que seamos conscientes de ello, pero transformar una vida requiere algo distinto. Requiere repetir, repetir, repetir, equivocarnos, corregir, aprender, esperar y volver a elegir.

Quizá el verdadero cambio no ocurre el día en que finalmente alcanzamos aquello que tanto deseábamos, sino cuando, años después, seguimos eligiendo a la persona que un día decidimos ser.

Artículo escrito por Dra. Jackie

Médico anestesiólogo · Creadora del método ZÄNA

Nota educativa

Este artículo forma parte del contenido educativo original del Club ZÄNA. Su objetivo es promover educación, reflexión y comprensión de los factores que influyen en la salud y los hábitos. No sustituye una valoración médica individual.

Comentarios

Inicia sesión para dejar un comentario.

Todavía no hay comentarios. Sé la primera.

También te puede gustar